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FRANCIA  
 
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Francia conjuga su unidad en una extraordinaria diversidad de paisajes, de climas y tradiciones y ofrece a los visitantes curiosos todas las formas de turismo.

Cocineros como Paul Bocuse o Joël Robuchon, panaderos como Lionel Poilâne o Jean-Luc Poujauran y enólogos como Emile Peynaud o Henri Parcé están considerados en Francia como verdaderos artistas, y no es de extrañar que alguno de ellos reciba la condecoración de la Legión de Honor, la más prestigiosa distinción honorífica del país. ¿Sorprendente? No hay motivo.
Pues aunque Francia se compone de infinidad de paisajes y climas, el arte de vivir es común a todos ellos. De norte a sur, el país disfruta de una situación ideal en una zona temperada que desciende tranquilamente de las brumas del mar del Norte al suave sol del Mediterráneo, regalándose incluso alguna escapada hacia las islas lejanas del hemisferio sur.

De las brumas del Norte al sol de las Antillas

De este a oeste, el paisaje avanza sin prisa entre la serenidad imperturbable de un océano Atlántico suavizado por el Gulf Stream y el frío rudo de las montañas más altas de Europa, llegando por un lado hasta el mar de las Antillas con la Guadalupe y la Martinica y por el otro, hasta el océano Indico con la isla de la Reunión. La pendiente de las montañas y los vientos esbozan así regiones de culturas y tradiciones tan protegidas como los monumentos históricos.

En el Norte aprecian la cerveza espumosa y las patatas fritas crujientes; en el sur se refrescan con un vino rosado y las verduras frescas de Niza; entre ambos, de Alsacia a Gascoña, se puede seguir la ruta del foie gras y de los grandes viñedos, y el calvados de Normandía responde como un eco al cognac de Charentes y al ron de las Antillas. Aquí, la necesidad de alimentarse ha sido transformada en un auténtico arte, una cena puede convertirse en un concierto y un gran vino en óleo de un gran maestro. Se ha necesitado mucho tiempo para apreciar, probar, degustar, aprender a diferenciar la calidad de la cantidad, hasta distinguir lo mejor y no querer más que eso.

Cada región de Francia se descubre en su momento. La hospitalidad es un estilo de vida común, la amabilidad una manera de ser, la amistad una riqueza no negociable. Y aunque los franceses tienen fama -¿merecida?- de no entender de geografía y de tener poca facilidad para las lenguas extranjeras, no se conoce ningún caso en que se haya excluido al viajero o simplemente se le haya dejado de lado.

La armonía de los contrarios
Tres de sus lados están bordeados por el mar y el océano, así que Francia es tierra de acogida para todos aquellos aventureros que han salido en busca de horizontes nuevos. Protegida como lo está por otros dos lados por los Alpes y los Pirineos, también sabe apreciar la rudeza de las montañas y la suavidad de los valles.

Pero si contorneáramos Francia siguiendo sus fronteras, no sabríamos nada de los franceses: Anjou, la región del poeta renacentista Joachim du Bellay, la Borgoña de la escritora Colette, la Provenza de Jean Giono, la Turena de Balzac o la Normandía de Maupassant, son pedazos de Francia ricos en historia y tradiciones, que el sentimiento nacional, muy antiguo por cierto, no ha querido desplazar. Los vikingos en las costas normandas, los ingleses en el ducado de Aquitania, griegos y romanos en Marsella la focense, sardos y napolitanos en la costa oriental de Córcega no cambiaron nada.

Le plus extraordinaire pourtant, c'est la diversité presque incroyable des paysages. Sans que jamais la transition soit brutale, on passe de l'un à l'autre en quelques kilomètres et l'émerveillement s'en trouve sans cesse renouvelé. Ainsi du marché d'Arles le samedi matin: on baigne dans la Provence la plus authentique, on s'enchante de cet accent de farandole, on s'enivre de ces fruits éclatants et de ces fleurs colorées dont les épousailles naturelles désespéreraient le peintre le plus audacieux.

De un paisaje al otro

Y luego recorremos veinte kilómetros y nos encontramos en el corazón de la Camarga, con esas arenas donde sólo brota el oscuro salicor*, sus estanques solitarios a los que acuden pájaros y flamencos rosa, sus pantanos que únicamente aceptan a los toros y caballos salvajes... Hemos pasado a otro mundo, apenas sin darnos cuenta, del ambiente festivo a la naturaleza más sincera y más frágil. Y hemos entrado en un reino animal que aquellos que no saben escuchar consideran siempre silencioso.

De la misma manera, al norte de Lyón, pasaremos tan rápida como imperceptiblemente de la famosa Pérouges -ciudad medieval fortificada, conservada excepcionalmente y por ello muy requerida por el cine-, a la belleza salvaje de los estanques de la región de Dombes, que imaginamos con gusto dedicada a los cazadores del alba y cuya tierra parece inhóspita a todos a los que no les basta la quietud de la naturaleza. Y lo mismo ocurrirá con la marisma de Poitou, la isla de los Pájaros de la cuenca de Arcachon o los pozos del parque de los Volcanes, cerca de Clermont-Ferrand. Cada vez descubriremos algo único, aún más admirable por ser casi siempre inesperado y estar espléndidamente conservado.

No menos excepcional es esta posibilidad omnipresente de cambiar de actividad: en Córcega se puede esquiar por la mañana en Asco y hacer submarinismo por la tarde en la costa de Calvi; lo mismo ocurre en la Costa Azul donde se pasa rápidamente de las pistas de esquí de Valberg o Isola 2000 a las grutas submarinas del Cabo de Antibes. Desde Burdeos se va en invierno de fin de semana a esquiar a las estaciones de los Pirineos, y los domingos de verano a las regatas en el golfo de Gascoña. Desde Lille a la bahía del río Somme, mientras que los parisinos disfrutan del mar en Normandía.

Pero Francia no sólo es rica en paisajes: patria de arte y cultura, conserva escrupulosamente innumerables monumentos que han jalonado la historia, y posee un número incalculable de museos que rinden homenaje a obras maestras o muestran sencillamente la vida del pasado, tradiciones y oficios perdidos.

El país de los museos
En París, las colas se miden a veces en cientos de metros, cuando se trata de ir a ver cuadros o esculturas que se exponen excepcionalmente. Pero muchos pueblos se enorgullecen de sus centros de exposiciones que ofrecen al público todo aquello que un aficionado -en la mayoría de los casos anónimo- ha recopilado sobre tal o tal tema que le apasionaba. Así nació el museo del vino y de la tonelería en Chinon (en el departamento de Indre-et-Loire), otros consagrados a la cristalería (en Sauvigny, en el departamento de Allier), a la porcelana (en Moustiers-Sainte-Marie, en el departamento de Alpes-de-Haute-Provence), e incluso a los trenecillos eléctricos (en Arpaillargues, en el departamento de Gard).

Más ambiciosos, complejos como el Conservatorio internacional de barcos de recreo (en Burdeos, agrupa a flote, en una antigua base de submarinos, barcos de vela o motor que han marcado un hito en la historia de los deportes náuticos), el Centro Internacional del Automóvil de Pantin (situado a las afueras de París y cuya colección permanente cuenta con algunas de las más hermosas piezas de todos los tiempos), o el Museo del Aire de Le Bourget, son etapas obligadas y con reconocido prestigio en el mundo entero. Con sol o con lluvia, la incansable imaginación del hombre siempre encontrará algo que aprender, admirar o pensar.

Pero Francia se puede conocer de múltiples maneras. Por mar nos toparemos con puertos increíblemente variados. Del Honfleur normando al vasco Saint-Jean-de Luz o Porquerolles, esa isla mediterránea, discreta o mundana según la estación y el humor de los días. A través de canales y ríos, la vida discurre a otro ritmo. Al de las esclusas y camineros.

Al ir en bicicleta a hacer las compras a la aldea más cercana, degustaremos inolvidables momentos costumbristas en pueblecitos desconocidos de las regiones del Languedoc o del Nivernais. Los que se decidan a tomar las pequeñas carreteras de la comarca de Lemosín se deleitarán descubriendo, de uno y otro lado, aquí una capilla, más allá un castillo anclado en el tiempo, o bien un restaurante plebiscitado por los gastrónomos locales. Los más deportistas recorrerán Córcega haciendo senderismo, descubrirán Auvernia a caballo, tomarán las rutas trashumantes de Provenza, o harán a pie una peregrinación de iglesias bretonas.

Ilustran esta diversidad de sus regiones y de la perennidad de la Historia, los miles de monumentos que surcan el país. Imponentes catedrales (París, Chartres, Reims, entre otras), los castillos del Loira y de la región Ile-de-France (Versalles, Vaux-le-Vicomte, Fontainebleau), bastidas gasconas y prioratos alpinos, abadías que bordean el camino de Santiago, cautivadores y candorosos museos o altivas casas solariegas convertidas en confortables hospederías, Francia tiene tantos encantos que ni los franceses los conocen todos.

Las piedras de la Historia

De la ciudadela de Saint-Malo a la Petite France (el barrio antiguo de Estrasburgo), de la Biarritz estival a la pulposa Dijon, de las torres de la Rochelle a los canales de Annecy, las ciudades son increíblemente diferentes, pero todas ellas han sabido, con el transcurso de los siglos, conservar sus encantos y sacarles partido. Así como esos pueblos que, de Centuri (Córcega) y Saint-Cirq-Lapopie (Lot) a Roussillon (Vancluse) o Saint-Paul-de-Vence (Alpes-Maritimes), supieron poco a poco hacerse un nombre en la oferta turística sin renegar, no obstante, ni de su historia ni de su estilo de vida cotidiano.

Las grandes ciudades reflejan perfectamente su constante vocación. Marsella - enclave de la Grecia focense en la Antigüedad- siempre ha sido para Oriente la puerta de entrada en Occidente: creció siendo cosmopolita y cosmopolita sigue siendo. Lyón, ciudad mercantil situada en la ruta de Flandes y de Italia, aúna la dignidad un tanto envarada de los burgueses acaudalados y la pasión festiva nutrida con los vinos de Beaujolais y de Côtes-du-rhône, las aves de Bresse y los quesos alpinos. Lille, también enriquecida con la industria textil, se encanalla con gusto a la manera flamenca sin perder nunca su dignidad.

Burdeos ha conservado toda la elegancia de los grandes vinos de Médoc o de Saint-Emilion, aunque sus muelles ya no se embriaguen con los evocadores aromas de la vainilla antillesa o el café brasileño. Toulouse, bordeada de huertos pero cuna de la Aeropostale, es a la vez capital agrícola e industrial, y sigue cultivando igualmente el recuerdo de Mermoz y el culto por el rugby. Y Estrasburgo, capital de Europa, y Rennes, donde se inventan las tecnologías del futuro, y Nantes, con la suavidad que la envuelve al caer la tarde a orillas del Erdre, y Aviñón, antigua ciudad de los papas transformada en inmenso teatro, y Reims, donde antaño se coronaba a los reyes divinos y hoy se descorcha un vino de reyes, el de Champagne...

París, capital de ayer y hoy
París sigue siendo indiscutiblemente la gran capital, con los monumentos más bellos, los más interesantes museos, la historia más rica y la fama más halagadora. Puesto que así lo descubrimos en los libros, podríamos pensar que todo esto se conjuga en pasado. Nada más falso. Ya se trate de pintura, de literatura, de teatro o de música, de jazz o de foto, París sigue siendo capital. Numerosos artistas, procedentes de todas partes del mundo, la han elegido porque París es, hoy más que nunca, un fantástico crisol que hace surgir las modas, inspira a poetas y escritores.

No puede ser fruto del azar. En los museos, ante los monumentos, en los concierto o salas de conferencias, se aprenden cosas del pasado y de la experiencia de nuestros antepasados. Pero la lección sería árida si no estuviera confrontada cada día y cada instante a la invención de lacalle, al espíritu que anima esta metrópolis donde se codean pasado y futuro. Pues también ella es diversa y caprichosa. Cada oficio tiene su barrio: los tejidos en Le Sentier, la moda en el faubourg Saint-Honoré y plaza des Victoires, los ebanistas del otro lado de la plaza de la République. Y también cada continente tiene el suyo: Africa en Barbès, América en Les Halles, Extremo Oriente en la Porte d'Italie...

Espíritu festivo

París, tal vez aún más que el resto de Francia, tiene un gran espíritu festivo: cabarets, discotecas, salas de fiesta, sencillos cafés o restaurantes de lujo, la Opera Garnier y la Comédie-Française, todo parece animarnos a disfrutar y compartir momentos de diversión. En París no se es extranjero por mucho tiempo. Por poco que se muestre uno atento y curioso, siempre encontrará a un interlocutor que le dé la clave para descubrir un nuevo aspecto de esta capital mil veces más humana de lo que parece a primera vista. No nos equivoquemos: la ciudad es demasiado amplia, demasiado variada y demasiado versátil como para que exista una llave que abra todas las puertas. Pero poco a poco, a medida que vamos conociendo a nuevas personas, iremos accediendo también a una ciudad impalpable, anclada en la historia y propulsada hacia el futuro.

Francia es así: extraordinariamente diversa y magníficamente variada, poblada de aficiones modernas y de museos antiguos, jalonada de "bistrots" (bar-café) que alimentan la inspiración cotidiana y de monumentos que recrean la tradición histórica. Y la inevitable diferencia no es nunca de orden socio-profesional: hay más diferencia entre dos pescadores, uno de Saint-Malo y el otro de Sète, que entre un profesor de Lyón y un viticultor del Beaujolais, porque la región, su tierra, su cielo, su cultura son los auténticos componentes del estilo de vida.
 
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