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CHINA  
 
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En el mismo año en que en la lejana Europa el general cartaginés Aníbal conducía su ejército, con la caballería y los elefantes, a través de los Alpes Centrales hacia Italia, el emperador She Huang-ti, de la dinastía Ts'in, llamaba a su pueblo para construir una muralla de casi 2.500 km de longitud para defenderse de una vez por todas de los asaltos de los hiung-nu (hunos). Para ello, se trataba de comunicar instalaciones de muros y fosos existentes ya y completar la cadena de las construcciones defensivas a través de cordilleras montañosas de hasta 3.500 m de altura, prácticamente desde el mar Amarillo hasta las profundidades de Szechuan.

Un ejército de hormigas compuesto de soldados, campesinos y artesanos se puso en marcha por los caminos de China hacia el norte y el oeste y comenzó diligentemente la increíble construcción. Sólo era capaz de un tal rendimiento colectivo un pueblo que por su origen histórico y desarrollo social estuviera formado en el bien común, el pensamiento racionalista y la conjugación social. Eso ya había ocurrido en la vieja China durante el primer milenio anterior a nuestra era.

800 años antes de nuestra era habían gobernado China los duques de Chou, que con el sistema de «pozos rurales» habían creado la forma más temprana de «comunas populares»: ocho campesinos vecinos cultivaban conjuntamente, de acuerdo a un plan, nueve partes de tierra, siendo el producto de la novena el beneficio tributario del estado. Hacia 500 a. JC. había vivido el gran maestro Confucio, que había proclamado una ética social -no una religión- severamente racionalista. En este mundo de Confucio, construido con sobriedad y razón, estaban reglamentadas y fijadas de tal modo las relaciones entre el cielo y la tierra, entre gobernantes y gobernados, padres e hijos, vecinos y vecinos, que daban la pauta la justicia, la igualdad y el sentido comunitario. En la época de los Ts'in vivió el canciller Ts'in U-Se, que se apoyó exclusivamente en la clase productora, derrocó a los ociosos y ricachones e infiltró la sociedad con células de activistas. Se inventaron el celador de casa y calle, el presidente de aldea y la policía secreta. El pueblo se convirtió en un estado de hormigas que funcionaba según la planificación de sus sabios mandarines y que estaba capacitado para resolver cualquier gran proyecto mediante el empleo de grandes masas humanas con los mínimos conocimientos técnicos.

De ese modo se concluyó la gigantesca obra de la «gran muralla», el muro defensivo contra los ataques de los nómadas, a través de todas las formas de terreno, mediante los más increíbles sacrificios de las brigadas de trabajadores, en sólo ocho años.

Se mantuvo en pie, efectivamente, durante mucho tiempo. Bajo la gran dinastía Han (206 a. jC. a 220 d. jC.) se convirtió en la gran represa ante las batallas contra los hunos, que China realizó mediante el uso de cohetes y el empleo de ejércitos multitudinarios. Durante la siguiente dinastía Ts'in (265-420), los generales chinos aprovecharon la ingente muralla como base de partida para sus avances en el territorio central mongol-huno en Asia Central. Como que al mismo tiempo un cambio de clima en el sur de Siberia puso en movimiento a muchas tribus nómadas y la gran muralla cortaba el paso al milenario recurso de una campaña de saqueo y un asalto guerrero a las ricas tierras campesinas y urbanas de China, el movimiento de los pueblos se encaminó entonces, creciendo como un alud, hacia el oeste. Las masas caballistas hunas cabalgaron por la estepa de los escitas, hallaron la puerta del Caspio y se lanzaron en 375 d. jC. sobre las tribus germánicas asentadas en las orillas del mar Negro y en Crimea.

Eso produjo la gran migración de los pueblos germánicos. La construcción cuya existencia había producido efectos que de tal modo se extendían sobre los continentes sólo protegía parcialmente China, y desde su decadencia en el siglo XIII no lo hacía ya en absoluto. Así que cayeron sobre ella los mongoles acaudillados por Gengis Jan, hacia 1220, conquistaron el imperio del Medio y establecieron el imperio mongol de Yüan.

Cuando en 1368 sucumbió la dinastía mongol en China bajo la presión de las milicias populares chinas, y los jinetes de la estepa retrocedieron hacia Asia Central, una de las primeras tareas que se propuso la nueva dinastía Ming (1348-1644), puramente china, fue la reconstrucción de la imponente muralla.

El muro de contención de la época Ts'in se convirtió después de esfuerzos seculares en aquella muralla coronada de torres que, trepando por cordilleras y llanuras, interrumpida por fortalezas y ramificada en varios brazos, rodea el imperio del Medio a lo largo de cerca de 2.500 kilómetros y es, todavía hoy, la mayor construcción de la historia de la humanidad. Se dice que es la única que seria visible desde la Luna mediante un telescopio.
 
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